Blogia
LA COLUMNA DE PRI

Y bueno... allá voy, Buenos Aires

por PRI ARMSTRONG

[publicado en galeón en agosto de 2005]

Pata abajo del avión, taxi, letrero de coca – cola: ‘Sonreí, ya estás en Argentina’. Son muy agrandados estos tipos. Pero igual me reí, no lo pude evitar. En el camino por la mitad de los prados, unos chicos elevando un barrilete, que envidia.
Llegué al famoso hotel: una mirada para entender que era de esos que les chorrean las estrellas – la ventaja de ir con pá - . Falta que a uno le ayuden a caminar y es atroz, porque me da una vergüenza terrible, además de tener que luchar con mi espontaneidad que hace que mi boca se abra cada dos pasos y masculle un “ohhhh”… y he tenido que vérmelas con toda la modernidad de este lugar porque hasta los colgadores me superaron. Y para qué decir la ducha, una de esas que parecen casa de vidrio. Pensé que me quedaba adentro y la imagen del rescate no me gustó nada.
Y bueno, allá voy Buenos Aires.
Primera parada, tienda de discos. Resultado: los quiero todos, mientras mi cabeza trata de sacar cuentas y ordenar prioridades, cosa que evidentemente no logro. Porque no hay ni prioridades ni plata. Y más encima, se me ocurre preguntar por lo que está sonando en ese minuto y la niña me dice ‘al fondo’ y yo, en una actuación brillante, le digo ‘ahh, al fondo ¿Y cómo se llama la canción?’ y ella me dice ‘no, no, al fondo te podés enterar’. Te podés imaginar mi cara.
Siguiente objeto del deseo, una librería. Y me sorprendo del tiempo que hace que no me metía a una, que no veía libros –en una tienda en directo, claro; sí a través de una vitrina- porque hacer eso en una librería de Santiago, es un verdadero acto de masoquismo y uno sale podrido con la tontera del impuesto a la cultura. La cosa es que me gustaron todos: por bonitos, por baratos, por buenos... después de un arduo trabajo de contención, doy un suspirazo y me voy.
Camino y sonrío y veo y disfruto y me pierdo casi siempre cuando salgo de las tiendas, se me olvida para qué lado voy, me doy unas vueltas locas y después me ubico. Sacar el mapa jamás, porque eso es como gritar a toda boca que soy turista, así que sólo recurro a él en caso de desesperación máxima, un detalle ché. Y eso es lo otro, pucha que me gusta como hablan, se me pega, pero solo de pensamiento, no como a pá que se engancha la tonadita poniendo una pata acá, que vergüenza.
Y ahora viene la parte clisé, lo siento, lo admito. Me pongo los audífonos de mi walkman, con un CD especialmente preparado para la ocasión, aprieto play y ahora si que mi felicidad va a tener hasta banda sonora para ser completa: voy escuchando Fito y parece que floto por la 9 de Julio, pensando con garabatos y todo, que estoy en la mismísima tierra de Charly-sos-un-ídolo y de Fito-vos-también, entre otros, claro está y le doy con los temas icónicos avanzando por las calles de este puerto: “Buenos Aires hoy te falta un mambo, te sobra muerte y pasarelaaaaa... yo quiero ver tu risa, y besar tu boca y sacarte el diablo de tu corazóoooon”, “y la llevó a caminar por corrienteeeees”, “tengo miedo San Telmoooo sin ti...”, “en las bocacalles, en un callejón, en la 9 de Julio, en Rosario y New York......”.
Pasada la escena anterior, me deleito con un viejo que baila tango con una morenaza de rulos, que ganas de bailar así, yo no me muero antes de aprender. Por allá, un estudiante toca en violín –parado y solo, opacado por el tango del viejo- el bolero de Ravel. Maravilloso. Y más allá una nena rubia, chiquita, preciosa, toca un acordeón a cambio de algunos pesos y a pesar de todo, el obelisco parece moverse de orgullo mirando la ciudad.
El último paseo fue del tipo cultural. Pá me llevó a un museo de Arte Latinoamericano. Bien bonito, pero más bonito fue encontrarse con Gustavo Cerati mijito-rico. Traté por todos los medios de explicarle a mi papá quién era y por qué me estaba derritiendo: ‘papáaaa el vocalista de Soda Stereo, pero papá si es demasiado conocido, pucha papáaa... ¡ah! Mira el que salía en los carteles de una marca de ropa, salía Charly y otro –yaa...- ya po, el otro es él’... no hubo caso. Estuve a punto de ir a arrojarme y pedirle un autógrafo ‘fírmeme el alma guachito”, pero a pesar de andar con todo el set propio de una fan (entiéndase lápiz, papel, cámara de fotos), no fui capaz de vencer la barrera de su fama. Además que nadie lo pescaba. Una que hubiera ido, allá voy detrás.
Total, que de la visita cultural alcancé a captar bien poco, porque me encargué de arrastrar a pá de la manga tras sus rulos de estrella, casi toda la sala. I-nol-vi-da-ble.
Bienvenida realidad, el avión de vuelta me esperaba. Claro, si no fuera por un pequeño desperfecto técnico: la turbina izquierda no partía ché. Buenos Aires me guiño el ojo a través de un ofrecimiento “all inclusive” para volver al otro día. Pero yo ya me había despedido... estás relinda querida, pero yo en Santiago tengo algo mejor, igual que Fabi Cantilo. Será para la otra, yastá.

0 comentarios