Amor, amor, derechos de autor
por PRI ARMSTRONG
[publicado en galeón en septiembre de 2005]
Estaba todo bien: el lugar, la música, el vino que elegimos. Por fin podíamos vernos después de una larga semana. Todo muy bien, hasta que dijo que había mandado uno de mis cuentos a un programa de radio. Desde ese segundo, la copa de vino que tan delicadamente me había llevado a la boca para degustar la velada, se convirtió en un popular fanshop que me tragaba, a ver si podía decodificar las palabritas que me estaban llegando al oído.
- ¿Te enojaste? ¿Te debería haber preguntado?
Silencio total. (Yo en una lucha contra mi monstruo interno).
Miradas asesinas.
- Sí, me deberías haber preguntado.
- Es que si te hubiese preguntado, me hubieras dicho que no.
- Probablemente.
Desde el instante en que supo que yo a veces escribía, sumó a sus objetivos en la vida mi lanzamiento a la fama y, desde entonces, de repente le baja la furia de manager. Anda a explicarle que uno quiere pensar bien qué va a hacer con las cosas que ha logrado terminar, para seguir el proceso interno que fluye y que en su tiempo llegará a dar frutos... (puras mentiras, pero hay que inventar algo para no decir tan explícitamente que, a ese respecto, miedo es el segundo nombre...) y, por último, para rematar la defensa, que uno como autor mañoso y autocrítico, quiere y tiene todo el derecho a elegir qué cosa quiere mostrar.
Más encima ¿Si no sale?
24 horas después, con la idea más digerida, tuve que darle las gracias por preocuparse tanto por mi vocación literaria y reconocí otra de las tan diversas manifestaciones de amor de las personas.
La verdad es que no me preocupé mucho por escuchar el famoso programa, hasta que un día sí me preocupé y me metí a la página de internet para ver si, por si acaso, quizás, tal vez, saliera el relato de la discordia. Mientras la página se cargaba, lo primero que me recibió fue la maquiavélica sonrisa de Marco Antonio de la Parra, explicando un poco más abajo su genial programa y los horarios, la forma cómo había que mandar los textos Y LA ADVERTENCIA DE QUE AL ENVIAR EL CUENTO, EL AUTOR CEDÍA LA PROPIEDAD INTELECTUAL A RADIO DUNA (¡?).
Rayos y centellas... amor, amor, había regalado gentilmente a la humanidad, mediante la anteriormente nombrada... %$/& radio... la historia que mis neuronas, mediante repetidos y penosos procesos de sinapsis, había concebido.
Otra posesión demoníaca que afortunadamente para él, contuvo un queridísimo amigo. Pobre.
A ver. Lo sé, lo sé. A quién le importa todo eso más que a mí... es sólo la sensación de haber regalado algo que no quería regalar o de rabia por la no lectura de la letra chica, de parte de mi ansioso y querido manager. Por otro lado, lo encuentro una tamaña patudez de parte de la famosa radio. Pero el hecho se había consumado. Así que ni siquiera se lo dije, para que no se sintiera mal y para que no dejara de hacer cosas por amol, Chico.
Todo iba bien, hasta que en un tipo de circunstancia que no viene al caso describir, donde supuso que el enemigo yo - estaría débil y bajo de defensas
- Oye Pri
- ¿Qué ?
Suspiros.
- Te tengo que confesar algo
- ¿Cómo ?
- Es que hice algo
Silencio. Como sea, trato desesperadamente de desarrollar en un segundo el don de la clarividencia, para encontrar lo antes posible la situación que corresponda a la frase te tengo que confesar algo...
- ¿Algo como qué?
Tensión de músculos. El corazón ya no late, zapatea.
Resultado de mis visiones:
a) pensé y estoy confundido
b) no sé qué me pasa
c) lo decidí, me voy a Australia
d) el fin de semana fui a y
Fin del momento romántico.
Y me suelta un mandé otro cuento a la radio, jijiji.
Al mismo tiempo en que me sentía aliviada por el descarte de e) todas las anteriores, entendí lo que me estaba diciendo, y no lo podía creer. Había usado uno de los cuentos que le había pasado para leer hace tiempo atrás, el cual se dio la reverenda lata de transcribir, para que don Marco Antonio lo leyera ante su público.
No fueron diez, fueron como 50 los números que conté mientras igual se me desbordaba el instinto asesino que trataba de explicarle qué era eso del derecho de autor. ¿Sabes que más?, no hago nunca más nada. No me voy a meter más. Y claro, ahí todo se dio vuelta, porque yo me sentí tremendamente mal agradecida e insensible ante sus demostraciones de preocupación y ternura. Y de nuevo terminé dando las gracias, más tarde que temprano.
Ahora quedamos en que vamos a tomar esas decisiones a medias (para tratar de atajarlo un poco y ampliar el espectro de difusión, porque después descubrí que quería mandar otro más y tampoco se trata de lograr el monopolio de ese espacio de radio); por mientras, estoy aprendiendo a descifrar sus formas de quererme, de ayudarme... y al final por eso lo quiero, pero, amor amor, antes de los derechos de autor, te regalo mejor los derechos sobre la autora.
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