La vida es como una caja de chocolates (nunca sabes lo que te va a tocar) - Forrest Gump, 1994
por PRI ARMSTRONG
[publicado en galeón en marzo de 2006]
Y es así. Sacas uno y te toca una delicia, el siguiente tal vez, será una porquería. Un día aquí y otro ya no estás allá. Un día amas a alguien y de pronto, se fue. Un día en el sol, otro en la niebla. Las vueltas de la vida que le llaman.
El problema con la famosa caja de bombones, es que cuando te sale uno amargo, y otro y otro, has perdido el toque y desde ahí salen todos iguales. Las desgracias todas juntas, dicen que dicen. Y cuando uno está ahí, con el chocolate a medio comer derretido en la boca, no hay vuelta atrás. Y aunque busques otro sabor que reemplace el mal paso cada vez que lo sufres, el recuerdo y el escalofrío quedan igual patentes a lo largo de toda tu columna vertebral.
Y buscas el olvido, porque ya estás podrido. Entonces, te vas encerrando, por ejemplo, en una botella de vino.
Y comienzas el rito que empapa tu lengua en su mar de elixir púrpura y por un instante la copa es el mundo y te alejas del agrio dolor que encierra tu boca
que recibió lo que tú y tu mano escogieron.
Pero esa no es la solución, maldición; volvamos a la caja de chocolates.
Últimamente, me han salido distintas clases de bombones, por ejemplo, uno con relleno caribeño, pues mi humilde lapicito se abrirá un espacio en una revista de Venezuela, y en la misma línea, ahora fui a dar a una librería donde debo leer casi toda la sección infantil para saber de lo que hablo. De todas formas, aún no termino de amasar mi fortuna, así que allá vamos como siempre.
Otros sabores son bastante más desagradables, como esos rellenos de muerte, esos del signo de la calaverita, pero no de veneno. Para mí, muerte primero de mi vida sentimental, que por ahora quedó con esa rayita de los monitores de hospital piiiiiiiiiiiii de los chocolates del 14 de febrero ni hablar - y luego la epidemia se extendió a la familia y otro bombón maléfico hizo que el tata dejara de luchar con su cuerpo y al fin lo dejara atrás. Ese es el único relleno que sabemos con certeza, llegará. No lo apuremos.
Todo eso fue extraño; la mamá no paraba de llorar mientras yo la abrazaba al son de esas melodías híper emotivas que a la gente le da por ponerle a los muertos y que en realidad las escuchamos los vivos-, como si quisieran aumentar el dolor. Trataba de imaginarme dónde es que se va todo cuando uno se termina; tanto recuerdo, amor, sentimiento, lágrimas, hasta las trancas y los problemas. Porque eso del que en paz descanse lo encuentro una soberana lata. Porque sólo imagínenlo; o sea está muy bien eso de la paz, pero dentro del contexto de eternidad, yo al menos espero otro tipo de estados además de ese.
Así que bueno, definitivamente, ando como el Luchito Jara esperando un golpe de suerte (o unos buenos bombones), claro que eso de despierto no sabría si tanto, porque no he conseguido dar vuelta mi reloj biológico y convencerlo de que las mañanas son maravillosas (en realidad ese es un problema de nacimiento, una de las luchas de mi vida).
Al final, algo se podía rescatar del cándido Forrest, que a pesar de las pruebas-bombones que le ponía la vida, bien crueles algunas, él, bien digno, seguía adelante a punta de esfuerzo y unas ganas que bordeaban el absurdo
hasta la campaña del piensa positivo le hubiera quedado chica. Y a pesar de la guerra, la muerte, las cartas sin responder, la distancia, etc. él dale que dale.
Por ahora, seguiré con la porfía y la fuerza de mi antihéroe momentáneo, a ver si la caja de chocolates se reconcilia conmigo, a ver si aprendo a escoger, a ver si me pongo a correr quién me va a parar... o quien va a correr conmigo.
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